La casa Gucci: despropósitos de leyenda… y algo de entretenimiento

Tengo un termómetro para medir las películas: mis padres. Cuando voy con ellos me siento entre ambos—soy la encargada de las palomitas—y desde esa perspectiva puedo observarlos al mismo tiempo que veo la película. Si nos gusta a mi mamá y a mí, seguro está llena de sentimientos y gran narrativa en la que hay espacio para un perrito. Si nos gusta a mi papá y a mí, debe ser una noir muy bien lograda. Pero el signo más potente de que una película en algo funciona es que mi papá no se duerma.

Mi papá no se durmió en La casa Gucci.

Y eso me puso a pensar. ¿Qué hay de bueno en esas casi tres horas de despropósitos nivel leyenda? ¿Qué será eso que funciona en este capricho de Ridley Scott?

Tratando de descifrarlo, entrevisté a mi padre:

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Concha: Pero se trata de una cosa horrenda, ¿neta te gustó?

Papá: ¿Te fijaste en Patrizia? Ella tuvo razón todo el tiempo. Y Lady ¿Gaga? Está espléndida.

Concha: ¡Pero toda su actuación es un cliché!

Papá: Hay clichés que sirven… ¿Viste lo bien que queda el muchacho (Adam Driver) como un pelele? Ella tuvo razón, no tenía madera de cabrón ni de abogado ni de nada.

Resumen: a mi papá lo conquistó Lady Gaga y la historia le pareció entretenida. Es una de esas esquinas cinéfilas en las que mi papá y yo no nos encontramos. A mí La casa Gucci me pareció horrenda, pero algo le concedo: sí, entretiene.

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La casa Gucci es una historia que desde lejos se ven sabrosa. Un crimen, un legado, intriga, la frivolidad del mundo de la moda, la falibilidad del amor, la irradiancia de una arribista y de un heredero que no tiene ni idea de lo que tiene entre ceja, oreja y sien. Oportunidad para lo campy, lo ridículo, la sátira. Nada hay de eso. Es tibia cuando se trata de mirar el universo de las grandes marcas de diseñador, es solemne cuando podría ser ácida y es en general cobarde. 

Lady Gaga (sin duda, el mayor atractivo de la cinta) interpreta a Patrizia Reggiani, arribista por profesión. “Soy una persona de la gente, me gusta complacerla”, dice en cierto momento. Sí, sabe cómo obtener la aprobación ajena mientras por debajo de la mesa muerde con veneno. Adam Driver (borren esta actuación de su IMDB, por favor, su trayectoria, corta y brillante, no merece empañarse así) es Maurizio Gucci, hijo de la casa de moda que lleva su apellido, un nerd que prefiere ser abogado que mezclarse con los negocios de su falaz familia. 

Sí, no suena mal, ¿verdad? Ahí hay algo que funciona, punto para mi padre. Pero, ah.

La película de Scott sigue y sigue derecho sin hundirse de todo, pero tampoco triunfante. En vez de darnos un punto de vista incisivo de ese mundillo en el que los negocios se funden con la creación y la moda con el arte, el director opta por la telenovela. Sí: como si fuera telenovela de Nicandro Díaz a las 10 pm en el canal 2, con Itatí Cantoral y René Strickler en los protagónicos, así se ve La casa Gucci. ¿Por dónde empezar con el recuento de los daños (del holocausto de tu amor)? Ridley Scott toma decisiones extrañas en esta cinta, errores de novato. Secuencias torpes, en las que lo que pasa podría narrarse en un par de camarazos, por ejemplo, en la escena de la boda. 

¿Por qué poner Faith de George Michael en la escena de la boda, una secuencia mal armada en la que la música, en vez de dar coherencia a lo que vemos, está totalmente fuera de ritmo, casi sobrepuesta como una idea extemporánea del editor? Ni siquiera alcanza a ser una escena paródica (de hecho, creo que es autoparodia involuntaria). En una historia que pretende dar una visión crítica de la moda, ¿por qué es tan poco visual? Nadie sale de ahí queriendo unos zapatos Gucci o, por el contrario, convencido de que la alta costura es asquerosa. El diablo viste a la moda es una mirada mucho más exitosa de ese hábitat.

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Ese guion tan simplón: ¿por qué narrar en modo sincrónico si la historia, tan amplia, le permitiría hacer saltos temporales que la habrían hecho más clara, reveladora? ¿Por qué hacer desaparecer a Patrizia en el tercer acto de la historia cuando evidentemente es ella el motor de este culebrón?

Y sobre todo: ¡qué diablos con esos acentos italianos falsos en todos los personajes? En todas las reseñas que leerán, estoy segura de que este detalle saltará a la vista (y al oído): ¿por qué hacer una caricatura del italiano? ¿Por qué no filmar en un inglés neutro (la mejor decisión, creo) o de plano usar actores italianos, un buen reparto de estrellas del cine de ese país? Es ofensivo poner al reparto a “actuar” como si fueran nativos de Brooklyn, con ese dejo que es mil, un millón de veces más estadounidense que italiano.

Las actuaciones de Jared Leto, Al Pacino y Salma Hayek son del olvido. Leto, como siempre, es pura faramalla, más maquillaje que persona. Salma está de risa, creo que actuó mejor en Teresa (su debut en las telenovelas). Pacino pone la jeta y cobra el cheque.

Pero algo de esta colección de errores tiene sus aciertos. En el camino de regreso a casa después de ver La casa Gucci, mi papá me dijo esta frase que la resume: “Creo que no más grande dolor que darte cuenta de lo inadecuado que eres y vas a ser toda tu vida”. La casa Gucci es inadecuadísima, pero el su alma está en esa lucha: la de un heredero que no está a la altura de su emporio y la de una mujer que solo quiere ser aceptada, alguien que quiere ser conocida como la señora Gucci.