Crítica: Rise of Skywalker o el delirio de Star Wars

Rise of Skywalker

Nota: Este texto contiene mínimos spoilers, si no has visto Rise Of Skywalker, mejor ve a verla antes de leer.

La primera frase del clásico opening crawl con el que inician todas (o casi todas) las entregas de Star Wars, describe el grado de desesperación con el que opera Rise of Skywalker. “Los muertos hablan!”, así, con todo y signo de admiración. Más abajo, antes de que termine el primer párrafo, viene la revelación (que no es tal porque estaba en el cartel y en el trailer): Palpatine, el villano que en teoría derrotó Luke Skywalker en Episodio VI (Marquand, 1986), está vivo.

Así, desde el primer segundo, Rise of Skywalker echa a andar un mecanismo increíblemente tramposo, digno de una telenovela mexicana. Una estafa emocional que funciona al principio pero que, a base de uso y abuso, resulta un verdadero timo.

Callejón sin salida

Son los costos del callejón sin salida que ellos mismos construyeron. La primera película de esta nueva trilogía no era sino una calca de A New Hope (Lucas, 1977), una especie de fan film de presupuesto millonario que (al igual que esta última entrega) estaba plagada de fan service, referencias y apariciones de personajes clásicos que nunca pensamos que volveríamos a ver en una película de Star Wars (claro, hablo de Han Solo).

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En aquel episodio, pocos se molestaron de tanta autocomplacencia, tanta corrección política, tantos “ecos” que sonaban más a un guionista perezoso (en realidad eran tres, Kasdan, Arndt y el propio Abrams) que a un homenaje a la saga original de George Lucas. 

Después vino The Last Jedi, una cinta sin pies ni cabeza, sin una idea clara de hacia dónde moverse, que desperdiciaba tiempo en pantalla mostrando personajes haciendo cosas que al final no importaban, y obsesionada por corregir cierto pecado del viejo Lucas: su estupidez de asignar la posesión de “la fuerza” a todos aquellos que tuvieran cierta sustancia en la sangre, los mentados midiclorianos. Rian Johnson (director y guionista de The Last Jedi) intenta virar en dirección contraria: hasta un niñito pobre y esclavo, puede tener la fuerza…. así la use para barrer el patio.

Abrazar el caos

Abrams no intenta arreglar el embrollo argumental. No hay forma. Es más, no hay necesidad. Este es el nuevo Star Wars y hay que asumirlo como tal. Tal vez sea cierto, tal vez nunca hubo una buena película de Star Wars, pero esta nueva trilogía tampoco lo ha sido. Tal vez sea incluso más pobre que las aborrecibles precuelas, ¿por qué?, por que lo único que demuestran es que no entienden de qué va el juguetito que compraron. Star Wars no entiende de que va Star Wars. 

Consciente o no de ello, Abrams hace lo único que se puede hacer en estos casos: abrazar el desastre. Con un ritmo absolutamente dinámico (tal vez como nunca en la saga) el director echa toda la carne al asador desde el primer minuto. Regresa -afortunadamente- el sentido de aventura a la saga, no se tarda mucho en exposiciones, y no teme en sacarse de la manga -una y otra vez- personajes, planetas, circunstancias que nunca habíamos escuchado, pero que resulta que todos conocían.

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Secretos revelados

La mecánica de Rise of Skywalker, funciona maso-menos así:

¡Con la novedad de que ahora hay un planeta de los Siths!, pero lo malo es que nadie sabe dónde queda, ¡pero lo bueno es que los Siths -siempre generosos- dejaron en algún lado una especie de GPS para llegar él!, pero lo malo es que tampoco nadie sabe cómo llegar al GPS, ¡pero lo bueno es que por accidente encontraremos una daga que trae la dirección!, pero lo malo es que está escrita en “idioma Sith” que nadie entiende, ¡pero la bueno es que C3P0 sabe traducir ese idioma!, pero lo malo es que no puede darnos el mensaje porque tiene prohibido en su programación hablar Sith…

…y así ad infinitum.

Qué aburrido hacer una trama coherente, el chiste es avanzar, subirse al Halcón Milenario, escapar de una nube de TIE Fighters, arriesgarse a dar “micro saltos” a la velocidad de la luz, visitar planetas exóticos (uno de ellos parece Midsommar), huir de la First Order, rescatar a un compañero capturado, cada vez más rápido, esto ya no es una película, es un parque de diversiones (cuanta razón tienes, Marty). 

Y cuando parezca que estamos atrapados o sin salida, siempre, siempre habrá un Deus Ex Machina listo para usarse: una daga, un robot nuevo (que no parece sino un pretexto para tener más juguetes), un espía dentro de la Nueva Orden, un sable láser de repuesto, ¡JA!, you name it! La lista de situaciones convenientes para que avance la trama se suceden una a otra de forma delirante.

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El regreso al cine de aventuras

Pero es ahí, en este delirio que por momentos raya en lo operístico, donde brilla el trabajo de J. J. Abrams. La mayor aportación del director a Star Wars es dotarla de una identidad visual nueva, mucho más dinámica que la de las cintas originales, privilegiando las tomas largas, los encuadres no tan obvios, el dinamismo en la cámara. 

Lo que importa de la trama no es la trama, sino al escenario al que nos lleve: porque obvio que esa pelea de sables dentro de una Estrella de la Muerte encallada en medio del mar es super cool. Claro que ver al Halcón Milenario tratando de huir de decenas de TIE FIghters -y con ese sonido de cacharro viejo que tiene- claro que emociona, porque ver a Ray (Daisy Ridley) pelear con Kylo Ren (Adam Driver, única interpretación notable de esta trilogía)  y esos movimientos como de samurái no solo es cool sino que se ha convertido ya en un clásico de esta trilogía.

Es ahí donde funciona esta película, en el terreno de lo emocionante, de lo divertido, de la aventura. Y no sé si es una actitud condescendiente pero, ¿qué más se le puede pedir a una película de Star Wars en estas circunstancias?

Claro que el guión es una basura, claro que está llena de incoherencias, claro que es tramposa, floja en muchas cosas, ridícula incluso, pero todo lo anterior puede aplicar, en mayor o menor medida, a casi todo Star Wars. 

Adiós a Star Wars

The Rise of Skywalker es un final apenas digno para una trilogía que empezó mal y siguió peor. Y es, al mismo tiempo, un terrible final para la saga. Pero aún con todo eso es la cinta -de las tres últimas- que no me deja un mal sabor de boca. Tal vez sea porque cuando una película abraza de tal forma su propio caos, funciona. Tal vez sea que aquí al menos hay toda la emoción que me negó Johnson en la entrega pasada, o tal vez sea que, finalmente, pudimos decirle adiós a Star Wars de manera definitiva. 

El leit motiv  de Star Wars siempre ha sido uno: llegado el momento hay que matar al padre. En congruencia, es momento finalmente de matar a Star Wars, la saga que para muchos de nosotros se convirtió en mentor, en guía, en refugio, en un padre regañón («Do it or do not, there is no try») y pocas veces amoroso aunque si emocionante.

Porque esta es la película del cierre, este es el final, adiós a los Skywalker, adiós Star Wars, al menos de la forma en como por primera vez la conocimos.