Silencio Radio: el documental sobre Carmen Aristegui

El documental de Juliana Fanjul parte desde la admiración total hacia Aristegui, lo cual deriva en un documental que roza con la hagiografía.

Aristegui

Rumbo al final de Al Acecho del Leopardo, la única cinta dirigida (hasta el momento) por el prolífico guionista televisivo Enrique Rentería, los protagonistas de la película -que por azar han tomado en video una matanza de indígenas por parte de narcotraficantes- hacen lo que todo mexicano haría en esas circunstancias: llevar el material con Carmen Aristegui.

La periodista, interpretándose a sí misma, recibe a los jóvenes junto con su video y exclama a cuadro “¡Esto es una bomba¡”, para después dar la nota en su famoso programa de televisión.

Si bien ese ridículo final no es el culpable de todos los problemas de aquella cinta, esta secuencia termina por dar el tiro de gracia a un filme que de por sí ya iba en picada por lo mal actuado y peor escrito.

Queda claro que el director siente una gran admiración por Carmen Aristegui (no cualquiera la incluiría como personaje en una película y además le pediría actuar en ella). La intención seguro fue noble, pero el resultado era penoso rayando en el delirio hilarante.

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El caso Aristegui

Me fue inevitable recordar ese terrible pasaje al ver  Radio Silencio (2019), el documental dirigido por Juliana Fanjul sobre el proceso que vivió la periodista Carmen Aristegui cuando, en marzo de 2015, fue despedida de su espacio en MVS luego de dar a conocer su muy famoso y difundido reportaje sobre la casa blanca de Peña Nieto.

Siempre con su propia voz en off, la cineasta confiesa, desde los primeros minutos del documental, su profunda admiración por la periodista y locutora de radio, “mi despertar cívico ocurrió gracias a ella”, menciona. Desde ese piso es que Fanjul construye su relato, el cual narra a partir de una posición privilegiada: la documentalista acompañó en todo este proceso (desde el despido de MVS hasta su regreso en forma de transmisión digital) a Carmen Aristegui con una cámara a su lado.

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El documental inicia con el reporte de un periodista asesinado, y hace una reflexión sobre los cientos de periodistas muertos en el sexenio de Enrique Peña Nieto. Se trata de un inicio prometedor, dado que el tema principal de esta historia sería la libertad de expresión en México y lo terriblemente difícil que es hacer periodismo en nuestro país.

Desgraciadamente este enfoque se pierde de inmediato. El documental prefiere contar únicamente la historia sobre la libertad de expresión de Carmen Aristegui y sobre lo terriblemente difícil que le es, a la connotada periodista, hacer su trabajo en este país.

Aristegui

Así, la cámara de Fanjul registra la batalla legal que da Aristegui para que le regresen su programa de radio, a la par de que se prepara no sólo para regresar en un programa transmitido por internet, sino también para seguir lanzando sendas acusaciones contra el gobierno de Peña Nieto e incluso contra su persona: aquel famoso reportaje sobre si el presidente habría plagiado el 30% de su tesis de licenciatura.

Filmando desde la admiración

La obsesión de hacer a Carmen la figura central del documental (y no a la lucha por la libertad de expresión) termina por pasar factura en un filme que no trasciende del mero registro para la memoria.

Muchas historias que el documental apenas y roza tangencialmente, se antojaban interesantes pero son omitidas o minimizadas: el testimonio de los reporteros que trabajan con Aristegui (merecían mucho más tiempo en pantalla), la lucha contra MVS (la cual se antojaba para una crónica más sabrosa), o incluso sobre el allanamiento de morada que sufrió la propia directora en su casa (supuestamente como represalia por estar cerca de Carmen), hecho que menciona en el documental pero que irónicamente no documenta.

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La narrativa del filme resulta igual de pobre: la imagen machacante del segundo piso del periférico, la metáfora desperdiciada sobre una ruidosa construcción contigua a las oficinas de Aristegui Noticias, o incluso aquellas tomas de los no pocos fans de la periodista en secuencias que no sirven para nada excepto para recalcar lo que desde un principio se sabe: amamos mucho a Carmen.

Y ése es el gran problema de Silencio Radio: la falta de distancia entre la documentalista y su objeto de estudio. Se trata de un trabajo hecho desde la admiración acrítica, lo cual termina por acercarnos, terriblemente, a los terrenos de la hagiografía.