Crítica: Parasite, la mejor película de 2019

Llena de metáforas y con un tema que va de lo local a lo universal, Bong Joon-Ho arma una película profunda pero además divertida. La mejor cinta de 2019.

Parasite

Con tan solo un el primer minuto de metraje, el director Bong Jong-Hoo ya describe de qué va Parasite. Esto es, en principio, una historia sobre la desigualdad. La cámara nos muestra una ventana al raz del piso, y, poco a poco, vamos bajando hasta toparnos con Ki-woo, quien busca desesperadamente colgarse a la red Wifi del vecino. Junto con su hermana y padres, todos sobreviven  en un barrio popular de Corea del Sur, en una especie de departamento-sótano donde, literalmente, viven bajo tierra. 

Un amigo un poco más afortunado que Ki-woo le menciona sobre la oportunidad de trabajar como tutor de inglés para la hija de una familia muy adinerada de apellido Park. Con ayuda de su hermana, Ki-jeong, el joven falsifica un título universitario para presentarse en la majestuosa casa de los Park, quienes sin mucho trámite, le dan el trabajo. 

 

Dobles identidades

El truco de Ki-woo les plantea una oportunidad de oro. Uno por uno la familia va falsificando sus propias identidades, volviéndose expertos en terapia artística, chóferes privados y hasta una ama de casa, por lo que todos logran trabajar para los adinerados, claro, sin que ellos sepan que se trata de una plan fríamente calculado.

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El tema del home invasion es algo que ya visto, pero lo que el director Bong Joon Ho logra en Parasite, es algo que se ve poco en el cine. La manera en la que las ideas del director son presentadas, sin necesidad de diálogos explicativos y su riqueza en cuanto a narrativas visuales hacen que Parasite, sea posiblemente su mejor filme hasta la fecha e indudablemente la mejor película de 2019.

En Parasite, los parásitos son todos. Los menos afortunados deben de falsificar sus personalidades para sobrevivir, cosa que cada vez se vuelve más sencilla en una sociedad que se está volviendo experta en personificar algo que no se es. Este “don” es esencialmente la única arma que la familia Kim posee ante la sociedad. Es lo único que les queda. Para subsistir, tienen que ser más listos que sus contrincantes. 

Por otro lado, están los Park, familia adinerada la cual está acostumbrada a ser servida por otros. De no existir la servidumbre, su vida simplemente no puede funcionar. Se sienten capaces de exigir todo tipo de ridiculeces a sus subordinados, bajo la excusa moral de que “les están pagando por ello”. En su mente todo se justifica porque «pagan horas extras”, como si la dignidad estuviera a la venta. 

Parasite

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La sutileza de la metáfora

El asunto es que todo lo anterior, por más denso que suene, es mostrado en clave de una divertida e inusual comedia. Y justo cuando todo es risa y diversión, viene la primera de muchas vueltas de tuerca por venir. El director transforma la película, formidablemente y en cuestión de segundos, en un thriller a lo Hitchcock. Uno podría pensar que la casa de los Kim, pequeña, bajo tierra y llena de cosas es una pesadilla, pero la moderna, limpia y minimalista casa de los Park es la que se vuelve una casa del terror. 

Al cambio de género cinematográfico agregue la sutileza contundente de las metáforas. Los Park, por ejemplo, jamás voltean a ver hacia abajo, su mirada siempre es al frente o hacia arriba, para ellos no existen los de abajo, al grado que nunca vemos a los Park  bajando una escalera. Y es que la metáfora de la escalera está presente a través de toda la película, donde bajarla significa bajar a otro estrato social menor. 

Parasite lo que empieza como un relato cómico y localista, poco a poco adquiere dimensiones globales. Esta historia podría ser contada desde cualquier rincón del mundo regido por el capitalismo, donde los pobres son los que, para subsistir, tienen que mancharse las manos, contrario a los ricos que evitan el trabajo sucio pagando por que alguien más lo haga por ellos. 

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El cine que nos emociona

Al final, Parasite es una cinta melancólica y triste. Es el reflejo de la eterna lucha de clases que un capitalismo desmesurado y desregulado provoca en una sociedad. Los sueños de salir adelante se ven opacados por la cruda realidad de seguir viviendo bajo la tierra. Finalmente, todos los parásitos siguen siendo parásitos. No hay redención, no hay cambio, no hay final feliz. Ambas familias, tanto los Park como los Kim, vivían a costa del otro. Es como el sistema les permite sobrevivir. No es que unos aspiren a ser como los otros, sino más bien que los dos son parte de una sola cosa, triste, retorcida e injusta. 

Con Parasite, Bong Joon Ho logra un filme profundo pero extremadamente digerible y entretenido. Bong logra armar una historia universal, que incluso se siente personal, de manera excepcional. Con elementos tan simples como la lluvia (bendición para unos, catástrofe para otros) o el acto de subir las escaleras (el privilegio de solo algunos), el director narra una historia rica en metáforas, llena de detalles visuales y claro, con una atinada crítica social.

Este es el tipo de cine que todos deberíamos exigir y consumir. Cine como este es el que me llena de inspiración y entusiasmo. Ojalá y a ustedes también los contagie.

PD: Quién diría también que Parasite se volvería un clásico navideño…