NAZA: crónica de la frialdad humana

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Si ponen atención lo notarán: lo último que se escucha al final de Naza (Estados Unidos, Reino Unido, 2026), mientras los créditos corren, es el tímido llanto colectivo del público.

¿Miedo, dolor, impotencia? Luego del horror que se muestra en la cinta, el llanto es la respuesta más auténticamente humana que puede haber.

Y es que resulta imposible no romperse ante la rabiosa frialdad con la que hoy día es posible – mediante pantallas, drones e inteligencia artificial- acabar con un individuo, con una familia, con un barrio entero. Y si en ello se fueron cientos de civiles inocentes, mala suerte, son los daños colaterales, al parecer inevitables, en toda guerra.

Naza, el segundo largometraje de los periodistas y cineastas israelíes, Yuval Abraham y Rachel Szor, es una pieza de periodismo que exhibe la indiferencia con la que hoy en día es posible acabar con cientos de vidas a tan solo unos cuantos clicks de distancia.

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Filmada estrictamente de noche, en la azotea de algún edificio en Tel Aviv, rodeados de las luces que provienen de las ventanas de los altos edificios de apartamentos que los rodean, los cineastas entrevistaron de manera individual y anónima (su rostro es cubierto por la oscuridad, sus voces son alteradas digitalmente) a 24 personas que se desempeñan como agentes de inteligencia del ejército isrealí.

El tema de plática es obvio: dar testimonio de las operaciones del ejército -y por ende del estado Isarelí- luego de los horribles ataques liderados por Hamás en Israel el 7 de octubre de 2023, cuando murieron 1,200 personas, entre civiles, niños y ancianos, y se tomaron 250 rehenes.

Los testimonios resultan, a falta de mejores palabras, perturbadoramente fascinantes. Con tomas sostenidas y a veces auxiliados por algún cuaderno de hojas blancas y un lápiz, los entrevistados explican cómo son los operativos para detener, aniquilar, asesinar pues, a los líderes y miembros de Hamás.

La palabra clave es “naza”, un acrónimo de la frase en hebreo, “nezek agavi”, que en español se refiere a los “daños colaterales”, es decir, cuántos muertos civiles inocentes (incluyendo niños, niñas y ancianos)  suceden durante las operaciones militares de Israel en Gaza. 

Al inicio del conflicto, la proporción aceptable de “naza” era de 1 a 20, es decir que, si para asesinar a un miembro de Hamás era necesario llevarse de corbata a 20 inocentes, no había problema. Se trataba de una operación “aceptable”.

Pero conforme el conflicto escaló -explican los entrevistados-, el número de naza fue creciendo. Si para eliminar a un alto mando de Hamás, el naza era de 500, pues ni modo. La operación lo valía.

Los entrevistados dibujan en las hojas de papel las interfaces de sus computadoras. Todos los teléfonos en Gaza están intervenidos, todas las calles y los edificios mapeados. Si necesitan localizar a un posible miembro de Hamás es cosa de hackear sus teléfonos, o los de sus hijos. Si en los teléfonos de los infantes se escucha la frase “¡Ya llegó papá!” es momento de atacar. Y si los niños fallecen con la metralla del dron, es aceptable porque se ha eliminado a un enemigo más.

El desprecio a la vida humana aumenta conforme, con cierta pasividad, los testimonios van detallando más y más las operaciones. Por supuesto ya hay inteligencia artificial involucrada, y quienes entienden de esta tecnología saben que nunca es exacta. Pero acá eso no importa. Si la inteligencia artificial dice que hay que atacar a un sospechoso, se hace, y si en el tiroteo murieron 16 niños, “no fueron tantos”. Y si resulta que el muerto ni siquiera era el sospechoso, pues ni modo, mejor suerte para la próxima.

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Como es de esperarse, en algún momento llegan las justificaciones más baratas posibles: “yo solo soy un técnico”, “yo solo diseño el algoritmo”, “es un trabajo”, y la clásica: “yo solo sigo órdenes”. En la mayoría de los entrevistados no parece haber restos de arrepentimiento. Matar resulta hoy en día una actividad que raya en lo monótono.

Este no es un documental sobre la guerra entre Israel y Palestina, este es un documental sobre cómo un estado, un sistema, ha hecho fácil asesinar a miles de personas, sin remordimiento, sin mancharse las manos, a tan solo un click de distancia, e incluso con cierto factor de emoción y divertimento. “Es como un videojuego”, confiesa uno de los entrevistados.

“¿Es esto un genocidio?”, le preguntan a uno de estos jóvenes con el rostro cubierto por la oscuridad de la noche. “Si, completamente”, responde sin chistar, ni inmutarse.

La estructura del documental no podría ser más simple y minimalista: las entrevistas están divididas en episodios, la cámara de repente da cierto descanso cuando se remonta a la historia del Tel Aviv y de Israel mismo, pero es particularmente interesante cuando la cámara da testimonio de la cotidianidad de esta gran ciudad: personas viendo la televisión, lavando ropa, cocinando, haciendo ejercicio. 

Un lujo que a Palestina le ha sido arrebatado.