Los Trapos Sucios Se Lavan En Casa: oda al revanchismo social

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I

Los Trapos Sucios se Lavan en Casa me recordó una anécdota que les cuento a continuación.

Meses antes de las elecciones de 2018, acudí a un concurrido restaurante de avenida Juárez, un lugar famoso por sus desayunos y por la atención siempre amable de todos los que ahí trabajan.

El mesero que nos atendió ya nos conocía y siempre nos hacía plática. Esa vez, claro, se habló de política. Las campañas electorales estaban en apogeo y el triunfo de Andrés Manuel López Obrador era casi inminente. 

El mencionado mesero no ocultó su preferencia por AMLO, y cuando le cuestioné sus razones, soltó esta perla: “por que ya es tiempo de un cambio, y AMLO nos va a cumplir, ya verá, el año que entra yo estaré sentado en esa mesa y usted va a ser quien me sirva la comida”.

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En efecto, Andrés Manuel López Obrador ganó la presidencia y yo…, yo no he regresado a ese restaurante por una razón: la pandemia. Debido a la crisis sanitaria,  perdí el 50% de mis ingresos y aquel restaurante permaneció cerrado todo este tiempo. 

Me pregunto si el mesero habrá conservado su empleo. Ojalá si.

 

II

Todo esto viene a cuento porque en algún momento de Los Trapos Sucios se Lavan en Casa  (México, 2021) -segundo largometraje del mexicano Diego Muñoz, remake de la cinta panameña Chance – sucede una escena similar a la que el mesero en su fantasía me describió aquel día.

Lupita (Giovanna Zacarías) y Toñita (Amorita Rasgado) son dos empleadas domésticas que llevan más de diez años trabajando para los Ruiz Palacios, una acomodada familia de la CDMX donde el patriarca, Fernando (Arath de la Torre) es un connotado político que ha sido nombrado “candidato de candidatos” (sic), mientras que su esposa, Gloria (Lisset Gutierrez) hace las labores propias de toda ama de casa de alcurnia: irse de “shopping”, cafecito con las amigas, gimnasio, y la engorrosa tarea de traer a raya a las “chachas”, que ya para estas alturas “son como de la familia”.

El futuro luce brillante para los Ruiz Palacios. En sus ratos de soledad, la señora Gloria toma un cuadernito y hace planas completas con la frase “Merezco abundancia. Merezco abundancia”.

Todo iba normal hasta que una mala tarde Lupita recibe una llamada: resulta que su hijo está enfermo y que requiere dinero para una operación. Ante la emergencia, Lupita enfrenta a doña Gloria (Lisset Gutierrez) para pedirle respetuosamente que le pague las 10 quincenas que le debe, pero la señora Gloria está ocupada organizando una cena para sus papás (cameos extendidos de Angélica Aragón y José Alonso) y ultimando detalles para el viaje que hará la familia el 15 de septiembre a Las Vegas.

III

AMLO y el pueblo bueno

Hartas (y con razón) de los malos tratos, los abusos y las omisiones, Lupita y Toñita toman el revólver del guarro/chofer de la familia y secuestran a los Ruiz Palacios en su propia casa, con todo y sus hijas gemelas pre adolescentes. Los amarran y amordazan excepto al hijo menor, Daniel (Matías del Castillo), quien simpatiza con las rebeldes trabajadoras.

Uno supondría que ante la emergencia del hijo de Lupita, lo primero por hacer luego de robar el dinero en efectivo de la familia (una pequeña fortuna en dólares que pretendían gastarse en Las Vegas), sería correr y llevar aquel dinero al hospital, pero no, Lupita y Toñita tienen otros planes: saquean el vestidor para ponerse la ropa de la señora, sus joyas y sus perfumes, para luego uniformar a sus patrones y obligarlos a trabajar como si ahora ellos fueran “las chachas” y ellas “las patronas”.

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Los papeles cambian, así sea a punta de pistola: don Fernando ahora barre, mientras que doña Gloria es obligada a planchar la ropa, con todo y su respectiva nalgada que le propinan las ahora “patronas” de la casa. 

Lo mejor es que, para justificar este acto de revanchismo, Lupita cita a Andrés Manuel López Obrador y apuntando el revólver textual dice: “Porque como dijo AMLOVE (sic), o todos coludos o todos rabones”.

En otro momento de la cinta, el pequeño Daniel les cuestiona sus métodos, ¿acaso esas muchachas a las que el niño ve como una segunda y tercera madre, son delincuentes? El guion de Diego Muñoz recurre al dogma del “pueblo bueno” para responder: “Somos gente buena en un momento muy malo de nuestras vidas”.

 

IV

Apología del resentimiento

Con una manufactura propia de programa de comedia televisivo, no hay rubro en el que Los Trapos Sucios… no falle: la edición es una absoluta porquería (esos flashbacks inútiles), la fotografía es una nulidad, la música es una tortura, el uso y abuso del montaje solo demuestra falta de imaginación. El humor, aparte de pueril, no hace sino reproducir el clasismo y el racismo que la cinta mal intenta criticar.

Quienes tratan de rescatar lo poco rescatable de esta cinta son las mujeres: se reconoce el compromiso Giovanna Zacarías, Amorita Rasgado y Lisset Gutiérrez quienes intentan hacer algo con el pobrísimo guion que tienen enfrente. 

Pero la tarea es imposible, porque aquello no es un guion, es una oda al revanchismo social, un guiño de adulación al poder que se presenta en forma de hilarante comedia “familiar” y que termina siendo una apología del resentimiento social. 

La confirmación de una idea retorcida que venimos escuchando desde Palacio: el cambio consiste no en hacer justicia, sino en que los de abajo estén arriba y viceversa. 

La fantasía de que los que antes servían mesas, ahora sean comensales.

 

V

A falta de justicia, revancha

Fantasía que, por supuesto, no cumplen los gobernantes ni tampoco la trama de esta cinta. Al final, las rebeldes trabajadoras domésticas parece que se salen con la suya: han saqueado la mansión de sus patrones, han vendido sus autos y joyas, y se han huído a la playa a cumplir el sueño de tener un humilde restaurante, mientras que la señora Gloria, ahora empoderada (y suponemos divorciada), se ha convertido en la nueva “candidata” del partido.

Es decir, nada cambia, la dos muchachas seguirán siendo pobres y los ricos seguirán siendo ricos, accediendo a grandes puestos en el gobierno que les permitirán acumular más riqueza.

Más que una comedia, Los Trapos Sucios Se Lavan En Casa parece un cálido abrazo a la ideología del gobierno en turno. Un grotesco guiño de aprobación hacia un régimen que no promete justicia pero que, con la venia del pueblo bueno, administrará la venganza.