Héroes: Paul Verhoeven

Dennis Lim, cinecrítico del New York Times, escribió alguna vez sobre Paul Verhoeven: «Ningún otro cineasta con presupuestos millonarios a su disposición es tan reflexiblemente sardónico, divertidamente obsceno o con tan mal gusto patológico como Paul Verhoeven: científico loco, genio malvado, buhonero del porno, misógino, homófobo, rabo verde y nazi».

Terrence Raferty del New Yorker alguna vez apuntó: «[Total Recall] está llena de acción despiadada y efectos espectaculares que resultan nada divertidos […], la película es un Terminator que cuando acaba te sientes como si la vida te hubiera dado una paliza y llegas a pensar que jamás regresaras al cine».

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El escritor y crítico de cine británico David Thomson describía a Robocop, Total Recall y Basic Instinct como «tres éxitos fulminantes, violentos, sucios, que rayan en lo inhumano».

Claire Monk, de la prestigiosa Sight & Sound escribió sobre Showgirls: «después de dos horas de desfile implacable de tetas en la pantalla -intensificado por el impacto visual especialidad de la casa Verhoeven- te sientes como en una pesadilla interminable».

Richard Corliss de Time: «Durante dos horas y once minutos, Showgrils ofrece una fiesta sórdida para la libido de los espectadores. Señoras y señores, no importa cuán curiosos o lujuriosos sean, ninguno de ustedes querría estar ahí».

Misógino, violento, sucio, pornógrafo, lujurioso, asqueroso, vulgar… ¿Pues quién carajo es el tal Verhoeven… y por qué lo dejan hacer películas?

Nacido en Ámsterdam en 1938, el niño Paul fue testigo de la invasión alemana a Holanda y presenció no sólo los bombardeos a la ciudad sino las ejecuciones sumarias de ciudadanos holandeses por parte de los nazis. La experiencia, dice el director, «probablemente sea el origen de mi fascinación por la violencia».

Graduado de la universidad de Leiden, Verhoeven estudió Matemáticas y Física luego de que su padre le persuadiera a no estudiar cine. La leyenda cuenta que en la universidad no fue precisamente el más popular; víctima de un constate
bullying fue ahí donde tuvo una experiencia «sexual» que lo marcaría: una chica de la clase le presumiría que no llevaba ropa interior bajo el vestido y para probárselo, se sentó en una silla y coquetamente cruzó las piernas… no les tengo que decir cuán marcado quedó ese episodio en la psique del joven Paul.

Después de la universidad, se enlista en el ejército y pide su reubicación de la Fuerza Aérea (calculaba trayectorias de misiles) a el área de cinematografía de la marina, donde pudo realizar sus primeros documentales.

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Su primera oportunidad de filmar un largometraje llega con «El diario de una prostituta», especie de comedia sexual basada en un libro que narraba pasajes sobre la prostitución holandesa. Verhoeven acepta filmar la cinta no tanto por el tema (que si bien le atraía, decide filmarlo de manera más bien conservadora) sino porque presiente que si deja pasar la oportunidad no habrá otra más. Ese sentido de urgencia, de arrojo, de tomar el primer tren que se le presenta, se repetiría años después, cuando se le invita a hacer sus primeros trabajos en Estados Unidos.

La cinta es un fracaso en crítica, al grado de que los productores se arrepentían de haberla financiado. Sorpresivamente, la taquilla dijo otra cosa y la cinta sigue siendo hoy en día una de las más populares en Holanda. Con la confianza que da tener un hit bajo el brazo, filma «Delicias Turcas», drama sexual a medio camino entre «Love Story» y «The Last Tango in Paris» que resultó un taquillazo en Holanda, al grado de ser considerada como «Película del Siglo» en el Festival de Cine de los Países Bajos en
1999.

Con su amigo Rutger Hauer (si, el mismo de Blade Runner) en el protagónico, Verhoeven escucha por primera vez la serie de críticas que escucharía insistente durante toda su carrera, calificando su cinta como «sexista y obscena». Organizaciones de mujeres planearon un boicot a la cinta y declaraban: «En esta película tadas las mujeres se comportan como putas». El propio padre del director, emocionado por el
trabajo anterior de su hijo, se negó a ver esta cinta por considerarla blasfema.

La cinta fue nominada al Oscar por Mejor película extranjera, en 1974.

Aquel episodio sería recurrente en la historia fílmica de Verhoeven: sería acusado de homófobo y pornografo por Spetters, drama de bikers motocross que incluía escenas de felación, masturbación y violación homosexual. Quejas similares recibiría
De Vierde Man, antecesora de Basic Instincts y que de igual forma fue tachada como pornografía barata.

La polémica hacía popular a Verhoeven pero al final le era contraproducente. Hollywood se comenzó a interesar en él y él se interesaba en el dinero de ellos, pero no le llamaba la atención abandonar su país. Los estudios cedieron a ese deseo y así financiaron algunas producciones que serían un fracaso por los mismos motivos de siempre: tramas y escenas demasiado «fuertes» para la sensibilidad holandesa y peor aún para la norteamericana. Filmar películas para Estados Unidos desde Holanda deja de ser opción, además que el gobierno dejó de creer en Verhoeven. «Una de las razones por las que abandoné mi país fue que el departamento de subvenciones se negó a darme dinero por que yo era ‘una persona indecente, pervertida y decadente'».

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La suerte estaba echada, y ante la insistencia de su esposa, Verhoeven abandona Holanda y se dirige a Hollywood.

Cuando Paul Verhoeven leyó el guión de Robocop le pareció basura y como tal lo aventó al cesto. Fue su esposa (de nuevo su bendita esposa) la que rescató el texto y le hizo ver las cosas de forma diferente a su marido. Así, el desterrado Verhoeven filmaría Robocop como una especie de broma negra «es la historia de cristo contada por los norteamericanos». Prácticamente crucificado (en una de las escenas más brutales que quien esto escribe recuerde en una película de acción de verano gringa), el abnegado policía Alex J. Murphy (Peter Weller) es muerto a balazos por una sanguinaria banda de asaltantes. El hombre revive (¿al tercer día?) vuelto un poderoso robot humanoide, controlado por el cerebro de Murphy donde se conserva su único vestigio de humanidad: esa inquebrantable voluntad de hacer lo correcto, proteger a los inocentes y capturar al culpable.

Robocop reavivaría el debate (si, una vez más) sobre la violencia en el cine. Y es que habría que aceptarlo, la cinta es muy violenta, tan violenta que dudo mucho hoy en día, con la corrección política actual, pudiera estrenarse algo parecido. Verhoeven no se anda por las ramas, si va montar una escena de una balacera sabe que habrá muertos, que habrá heridos y que habrá sangre. No le interesa a este director hacer de la violencia un show intrascendente, le gusta mostrar los efectos de esa violencia. «En mi cine, el cuerpo humano se abre de par en par. Soy muy sensible a la debilidad y fragilidad del cuerpo humano […] o tal vez sea mi muy personal forma de quejarme por este diseño tan frágil que tenemos».

Sobre si el cine violento crea personas violentas, Verhoeven argumenta que el mismo cine que se ve en Norteamérica se ve en Europa «y yo no veo que allá se estén matando como acá […] pero las autoridades prefieren usar al cine y a Hollywood como un chivo expiatorio de las miserias de esta sociedad […] prefieren distraer la atención de los problemas reales de Estados Unidos como la recesión económica, las drogas y esa ley estúpida que permite la venta de armas al por mayor. Mientras se pueda seguir comprando un revólver por menos que nada la gente seguirá matándose».

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Aquellas declaraciones fueron hechas a mediados de los ochenta, cuando el estreno de Robocop, pero pueden trasladarse al día de hoy sin cambiar una sola coma. La diferencia es que hoy en día no hay un cineasta como Paul Verhoeven. Lo suyo es la provocación, el golpe al estómago, la incomodidad a las buenas conciencias. No le interesa el verdadero análisis de la violencia como, para no ir más lejos, lo sigue haciendo un Michael Haneke; lo suyo es casi una guerrilla que, usando la bandera de «lo real», tiene como simple objetivo el provocar a la memoria. Verhoeven en el fondo lo que pretende es que no olvidemos que , no obstante nuestras ropas finas, nuestros avances científicos, nuestras bonitas iPads, debajo seguimos siendo animales de piel y hueso que defecamos, orinamos, cogemos, secretamos, sangramos, lloramos y vomitamos por igual.

«Hay que afrontar el lado obscuro de las cosas, porque cuanto antes seamos consientes de nuestra capacidad para hacer el mal, menos capaces seremos de destruirnos entre nosotros», dice Verhoeven en una frase que esconde más ingenuidad de la que pareciera tener un director que ha sido tildado de no menos que un sátiro pornógrafo. Pero he aquí, aún con todo ello y en pleno 2019, que se extrañan
las agallas, el desparpajo y si, la sucia y lúdica vulgaridad de un hombre como Verhoeven. Hace falta alguien que nos recuerde, aunque sea maneras escandalosas y si se quiere pueriles, que también somos animales y que negarlo es una estupidez.

Vamos, hace falta un poco de suciedad y de humor negro en estos tiempos de asfixiante corrección política.

 

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