Una película de policías: la policía en primera persona

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“¿Te das cuenta de que somos la misma mamada?” le dice Teresa a Montoya. Ambos policías. Y aunque en ese momento hablan de sus problemas personales, en el contexto de Una película de policías, esa frase puede trasladarse a la función pública de la institución a la que pertenecen, o bien, a la relación entre ciudadanos y fuerzas del orden. En su más reciente película el cineasta Alonso Ruizpalacios diseca a la policía y la presenta tan compleja como es, en un formato que juega con la yuxtaposición y la superposición de realidad y ficción.

La policía en primera persona

Una película de policías tiene un carácter testimonial y, en consecuencia, está narrada en primera persona. Sus protagonistas, Teresa y Montoya, son los relatores de su propia historia, los testigos del recorrido que les antecede. Desde su primera aparición Teresa repara en la precariedad en las condiciones para realizar su trabajo. Más adelante, Montoya afirma que su trabajo consiste en servir a una ciudadanía que no valora su esfuerzo. Al desánimo profesional se le suman las cuarteaduras personales que se confiesan entre compañeros de  patrulla. Que a este binomio se le conozca como pareja no es casualidad.

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A través de un formato híbrido que teje con precisión realidad y ficción, la historia de Teresa y Montoya ofrece una mirada, desde dentro, a los policías mexicanos y, en específico, a los de la Ciudad de México. Los policías se mueven entre lo heroico y lo ruín y Ruizpalacios no teme mostrar estas ondulaciones. Por el contrario, el director se aleja de los extremos, no sin previamente tocarlos, para presentar una historia y unos protagonistas que son complejos.

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El juego narrativo

Ruizpalacios juega con el armado de su película y, de paso, con nosotros. Cuando creemos haberlo entendido todo se divierte con nosotros y nos dice que habíamos entendido nada. El articulado de esta historia en episodios refuerza la idea del espectador de saber hacia dónde se dirige. Sin embargo, una sacudida de realidad, una vuelta policiaca, proyecta al espectador de la ficción que cree estar viendo hacia un territorio que creía inexplorado. En algún sentido, es como ver La llegada de un tren a la estación de los Lumiére y que el tren realmente cruce la pantalla.

Las participaciones de Mónica del Carmen y Raúl Briones son indispensables para la apuesta de Ruizpalacios. Sin el talento ni el compromiso de ambos actores se estaría hablando de otra película. Probablemente de un desastre. Tanto a Mónica como a Raúl se les ve en dos facetas distintas con relación a sus personajes y a la yuxtaposición y la superposición de los elementos reales y ficticios en la narrativa. 

Este juego sirve no sólo para estructurar la historia, sino para ofrecer un meta-análisis de los policías. Importa analizar al objeto de estudio, pero también analizar cómo es analizado. Para ello actores y director se sirven de la observación participante como técnica de recolección de información. A la usanza de Bronislaw Malinowski, Ruizpalacios consideró que es desde la socialización con el grupo investigado que se puede aprender del mismo.

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Policías y corrupción

¿Qué inspiran los policías? Seguramente es una respuesta que cambia de sociedad en sociedad o de grupo en grupo. Es imposible asociar con los mismos valores a un policía en Ciudad de México, que en Detroit o que en Vancouver, por citar solamente casos de ciudades en Norte América. Tampoco es la misma la percepción de la policía, por ejemplo, si se trata de un afroamericano en Detroit que de un hombre blanco.

En el caso mexicano la policía está asociada a la corrupción y de eso ofrece evidencias Una película de policías. La corrupción relacionada con la institución responsable de mantener el orden público y velar por la seguridad de sus ciudadanos adquiere muchas y diversas formas. Está la extorsión al ciudadano para que evite una infracción, los moches internos para andar en una patrulla en lugar de a pié o la cuota que exigen los mandos superiores para poder trabajar, como prácticamente lo institucionalizó en su momento Arturo “El Negro” Durazo.

Si bien es cierto que a Ruizpalacios y a Una película de policías no se le deben los hallazgos sobre la corrupción en los cuerpos policiacos, el director entregó un trabajo que, cimentado en una base testimonial y construido con una mezcla de recursos narrativos, atrapa al espectador sin necesidad de recurrir a la tentación del maniqueísmo. Los policías aquí son menos ellos y más nosotros. El rompimiento que tiene la película en un punto da prueba de que estos hombres y mujeres uniformados no son ajenos a la sociedad, sino un producto de la misma o, en palabras de Teresa, la misma mamada.


Acerca de Raúl Orozco 70 Articles
Politólogo y maestro en políticas públicas, entusiasta de los deportes y el cine. Gozo ser testigo de la capacidad creativa de quienes se dedican a contarnos historias, así como conversar y escribir sobre ello.