Cada cierto tiempo, Hollywood se mira a sí mismo y descubre que la fórmula que lo hizo rico dejó de funcionar. Está pasando otra vez. Y conviene mirar atrás, porque la última vez que ocurrió algo así nació una de las grandes épocas del cine.
El paso del cine de grandes estudios y presupuestos descomunales, Lo que el viento se llevó, Ben-Hur, Cleopatra, al cine de autor de los setenta tardó años en cuajar. Fue la consecuencia de una tormenta perfecta de factores económicos, sociales y culturales que terminó por quebrar el viejo sistema de estudios. Aquella época se conoce como el New Hollywood (el Nuevo Hollywood) y, para muchos, sigue siendo la última gran edad de oro del cine estadounidense.
LA CRISIS DEL SISTEMA DE ESTUDIOS: CUANDO LA TELEVISIÓN VACIÓ LAS SALAS
El sistema de estudios clásico había mandado en Hollywood desde los años veinte y empezó a hacer aguas después de la Segunda Guerra Mundial. Para cuando llegaron los setenta, sostenerlo era casi un acto de fe. El golpe más duro lo dio la televisión: conforme el aparato se instalaba en las casas estadounidenses, las butacas de los cines se fueron quedando vacías. Y la pregunta se respondía sola. ¿Para qué tomarse la molestia de manejar al centro y pagar un boleto, si Bonanza llegaba gratis hasta el sillón?
CLEOPATRA Y LOS ÉPICOS QUE ESTUVIERON A PUNTO DE HUNDIR EL BARCO
Para hacerle frente a la tele, los estudios se fueron con todo: superproducciones monumentales en color y pantalla ancha, ese espectáculo que solo el cine podía ofrecer. La estrategia salió cara, en el sentido más literal. Cleopatra (1963) se volvió sinónimo de catástrofe financiera: su presupuesto rondó los 44 millones de dólares de la época, cifra que, ajustada a la inflación, todavía la coloca entre las películas más caras jamás filmadas. Llenó salas y aun así nunca recuperó lo invertido. Descalabros parecidos terminaron de espantar a los inversionistas y dejaron claro que el modelo de los grandes épicos se había vuelto una ruleta rusa con el dinero del estudio.
Mientras tanto, el público ya no era el mismo. Las familias se habían mudado a los suburbios y los baby boomers querían historias pegadas a su propia realidad; los romanos en toga y las parábolas bíblicas les sonaban a museo.
EL ASCENSO DEL CINE DE AUTOR EN LOS AÑOS SETENTA
Acorralados por la crisis y sin ideas frescas, los estudios bajaron la guardia y le abrieron la puerta a una generación de cineastas jóvenes. Eran cinéfilos de hueso colorado, criados a punta de cine europeo y con muchas ganas de romper el reglamento. La caída del férreo Código Hays, que había vigilado la moral de Hollywood durante décadas, les regaló una libertad narrativa inédita: por fin podían meterse con temas adultos, mostrar violencia sin maquillar, sexo sin censura y con personajes de moral resbaladiza.
Por esos mismos años, el crítico Andrew Sarris popularizó en Estados Unidos la idea de que el director es el verdadero autor de una película, y el concepto prendió como cerillo en pasto seco. De pronto los realizadores dejaron de ser empleados del estudio para convertirse en artistas con visión propia, y un puñado de películas de bajo presupuesto que conectaron con la juventud y la contracultura demostró que el camino tenía futuro. Bonnie and Clyde (1967), El graduado (1967) y Easy Rider (1969) fueron éxitos que nadie vio venir y que encendieron la mecha del Nuevo Hollywood.
En ese terreno fértil aparecen Francis Ford Coppola, Martin Scorsese, Robert Altman o Stanley Kubrick, con un control creativo que ningún director había tenido antes. Lo aprovecharon para firmar películas profundamente personales y, de paso, incómodas para la sociedad estadounidense de su tiempo. Taxi Driver (1976), La naranja mecánica (1971) o Atrapado sin salida (1975) respiran ese espíritu, y todas con un presupuesto mucho más modesto que el de los viejos épicos.

EL REGRESO DEL BLOCKBUSTER: TIBURÓN, ROCKY Y STAR WARS
La paradoja no tardó en asomar: aquel periodo de libertad creativa duró un suspiro. El éxito de las películas de autor hizo que los estudios les soltaran a sus directores presupuestos cada vez más gordos, y tres títulos terminaron por reescribir las reglas del juego: Tiburón (1975), Rocky (1976) y La Guerra de las Galaxias (1977). Las tres salieron adelante por la pura terquedad de un puñado de jóvenes que se empeñaron en filmar lo que parecía imposible. Sus rodajes han dado para libros y documentales enteros, y las anécdotas sobre el infierno de sus filmaciones ya son leyenda. Lo que nadie calculó fue lo que iba a pasar en las salas.
El éxito de esas tres cintas fue de tal tamaño que cambió la industria de raíz. Demostraron que una buena historia con personajes entrañables hacía dos cosas a la vez: vendía boletos a montones, con filas que daban la vuelta a la esquina, de ahí lo de blockbuster, y además se convertía en un producto en sí mismo, listo para exprimirse hasta la última gota. Aquellas tres «pequeñas cintas» se transformaron en secuelas de gran presupuesto, con campañas de marketing descomunales y un diseño pensado para el consumo masivo. Franquicias y miles de millones en merchandising. El cine de autor pasó a la banca y Hollywood volvió a apostar por las grandes producciones, esta vez con la mira puesta en las sagas.
DE LA RECETA AL EMPACHO: MARVEL Y LA ERA DE LAS FRANQUICIAS
A partir de los ochenta, el éxito se volvió receta de cocina. Tiburón estiró la fórmula hasta cuatro películas; Rocky llegó a nueve, contando la trilogía de Creed; y Star Wars creció tanto que hoy haría falta encerrarse meses frente a la pantalla para ver todo lo que se ha producido en el universo de George Lucas. La cosa todavía funcionaba.
El verdadero giro llegó en 2008 con el Universo Cinematográfico de Marvel, cuando la receta se puso tan ambiciosa que empezó a comerse a sí misma. Llovieron películas de presupuesto altísimo en las que el autor era el último de la lista, porque quien movía los hilos, y decidía qué derivaciones convenía exprimir como limones de taquería, era el estudio. Toy Story, Shrek, Marvel, DC, Star Wars: cada franquicia parecía un pozo sin fondo de dinero, donde la inversión multimillonaria volvía a casa con jugosas ganancias. En los complejos de veinte salas, diecinueve pantallas eran para estos titanes. Si querías ir al cine, no había mucho de dónde escoger, y casi siempre salías contento. Eran parques de diversiones -diría el Gran Marty- ¿y quién se queja de divertirse un rato? Lo que sí, el cine con alma se iba quedando sin lugar en la cartelera.

AVENGERS: ENDGAME Y EL PRINCIPIO DEL BAJÓN
El modelo tocó su techo en 2019 con Avengers: Endgame. Los cines se llenaron a reventar y la película se volvió conversación obligada en medio planeta; prácticamente todos la vimos, y los casi tres mil millones de dólares de recaudación le alegraron el año a Disney. Y entonces llegó la pandemia.
Tras el cierre de salas por el COVID en 2020, las taquillas multimillonarias nunca terminaron de levantarse. La inversión en cintas de superhéroes y demás franquicias siguió por las nubes, pero el retorno a veces ni siquiera alcanzaba para cubrir lo gastado. Las que pegaron, pegaron a medias, siempre a años luz de Endgame. La epopeya de los superhéroes, repartida en películas, series y todos los formatos imaginables, emociona cada vez menos. La gente sigue yendo al cine, pero una película que costó 200 millones de dólares a duras penas pasa de los 300, y con eso no se paga la fiesta.

EL TERROR QUE REVIVIÓ LA TAQUILLA: LOS NUEVOS AUTORES DE BAJO PRESUPUESTO
En medio de ese panorama está ocurriendo algo curioso. Como en los tiempos de Rocky, hay cineastas emergentes que con cuatro pesos están levantando taquillas espectaculares y, ya encarrerados, entregando películas que de verdad valen la pena.
El caso más asombroso es Obsession (2026): con una inversión de 750 mil dólares lleva recaudados casi trescientos millones, sigue en cartelera y acumula buenas críticas, además de la imposible indiferencia de quienes ya pasamos por la sala. Una sale removida por una historia sencilla pero bien contada, de esas que tocan una fibra humana de verdad; justo lo que pedía Scorsese para separar los parques del cinema.
Y no está sola. Weapons (2025), Sinners (2025), The Substance (2024), Anora (2024), Heretic (2024), Backrooms (2026), Civil War (2024) o Companion (2025) trabajaron con presupuestos relativamente modestos y terminaron triplicando, cuando no exponenciando, su inversión. El denominador común salta a la vista: casi todas son películas de terror. El otro es menos obvio pero más interesante: sus directores andan fuera del circuito de las grandes franquicias, al menos por ahora, y les está yendo de maravilla justo cuando las apuestas multimillonarias de los estudios apenas recaudan lo bastante para no justificar lo que costaron.
EL GRAN SÍNODO DEL VERANO: ¿FRANQUICIAS O AUTORES?
El veredicto llegará este verano. Una vez que pase el estreno de Toy Story, Shrek, Supergirl, Spider-Man y Avengers: Doomsday, sabremos si el sistema de franquicias todavía da frutos o si ya toca replegarse para dejarles la cancha a los autores, esos capaces de contarnos las nuevas inquietudes del mundo en que vivimos, un mundo que, por cierto, está de terror en todos los sentidos.
Así que abramos la puerta a los próximos Coppola, Scorsese, Spielberg, Kubrick o Allen, vengan de donde vengan. Da igual si se formaron en YouTube o si aprendieron a narrar con la cámara de su iPhone. Lo único que importa es que tengan algo que decir y un público con ganas de sentarse a escucharlo. Un nuevo Hollywood, pues.