Nuevo Orden: distopía sobre un país dividido

Este texto sobre la película Nuevo Orden contiene algunos spoilers.

 

I

“El diario yo”

En 1995, el informático y fundador del MIT, Nicholas Negroponte, predijo la existencia de lo que llamó “The Daily Me” (“El diario yo”), un periódico diseñado específicamente para leer noticias que son de nuestro interés y agrado, dejando fuera todo aquello que contradiga lo que pensamos, sentimos y que en general consideramos como “verdad”.

En diciembre de 2007, el abogado y académico, Cass R. Sunstein, Director de la Oficina de Información y Asuntos Regulatorios (OIRA) en la administración Obama, escribió un artículo donde decía que la predicción de Negroponte se había cumplido a cabalidad. Ese diario existe, y se llama Facebook.

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Se trata de un fenómeno que Sunstein nombra como “auto clasificación”, donde los individuos suelen escuchar (y ver) sólo aquello que consideran correcto, dejando de lado aquello que les molesta o creen inválido, incorrecto o mentiroso. La duda, el disenso, la contraparte se anula: sólo existe el yo.

En un experimento realizado en 2005, 60 estudiantes de las universidades de Boulder y de Colorado fueron reunidos y agrupados en dos equipos, “conservadores y liberales”, esto según su escuela (era sabido que Boulder era muy liberal y Colorado muy conservador).

A cada estudiante se le pidió su opinión de manera individual y anónima respecto a tres temas polémicos: matrimonio entre personas del mismo sexo, calentamiento global y derechos a grupos marginados. Después se les pidió discutir en su grupo y de manera colectiva sobre los mismos temas.

 

La gente no va al cine para finalmente ver la película y poder analizarla en su totalidad, sino que acude al cine para corroborar que sus conclusiones surgidas a partir del trailer eran válidas.

 

El resultado fue revelador. Las personas se volvieron más radicales al momento de estar únicamente en debate con personas que opinaban lo mismo que ellas, por lo que las posiciones se polarizaron. No había espacio para el disenso, la pluralidad desapareció, y ninguno de los participantes cambió de opinión al escuchar argumentos en contra. La discusión ya no fue un análisis de ideas sino una defensa enrarecida de posiciones.

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Este fenómeno de “auto parcelarse” es más común (y más fácil de conseguir) con las redes sociales, sobre todo con Facebook. La herramienta genera perfiles de personalidad de cada usuario y le muestra solo aquello que sabe le generará reacciones positivas o de “engagement”, por lo que la contra deja de existir, y cuando existe, se tiene que aniquilar.

El fenómeno del encapsulamiento ahora trasciende a las redes y se intenta replicar de vuelta en la realidad: la gente lee solo aquello que quiere leer y no lo que está escrito en un texto, ve lo que quiere (o lo que le conviene) y no lo que se proyecta en la pantalla.

O, como sucedió recientemente con el trailer de la película de Michel Franco, Nuevo Orden, la gente de inmediato condenó la cinta como racista, con tan solo ver dos minutos de un filme de hora y media de duración.

 

II

Nuevo Orden y el Auto Encapsulamiento

Nuevo Orden llega finalmente a las salas y la polémica creada por el trailer augura un éxito en taquilla (o esa versión de “éxito” que la pandemia permite). Pero a juzgar por las primeras impresiones, sólo puedo llegar a la conclusión de que el “auto encapsulamiento” sigue en marcha: la gente no va al cine para finalmente ver la película y poder analizarla en su totalidad, sino que acude al cine para corroborar que sus conclusiones surgidas a partir del trailer eran válidas.

Así, se repite el fenómeno: no queremos ver lo que está enfrente sino aquellas porciones que confirmen nuestras propias conclusiones sobre un producto analizado a partir de dos minutos de metraje.

Como bien saben, las principales críticas que se le hacen a la película es que se trata de una cinta clasista, que traza a la revuelta social como una horda de zombies salidos de alguna película de terror y que sataniza la protesta social.

Vayamos por partes.

 

III

La distopía

Para que Nuevo Orden fuera una película clasista tendría que hacer apología de la discriminación, apoyar como válido la separación por raza o clase social. La cinta expone en su primera parte (la mejor lograda del filme) a una familia adinerada que realiza una fiesta (una boda) en una gran y lujosa casa en San Ángel, CDMX.

En estas primeras secuencias se muestran los trazos que componen una parte del universo de esta película: los ricos, los privilegiados, que visten elegantemente, que bailan, beben y se drogan, que conviven en algo que poco a poco descubrimos es una burbuja: resulta que afuera (en Periférico) hay una gran manifestación violenta que está sitiando las calles.

Michel Franco no es un director que le guste explicar las cosas, casi siempre deja que el público descubra por sí mismo la trama. Así, se entiende que esas manifestaciones llevan un tiempo sucediendo, al grado que para los invitados a esta fiesta, las marchas no son sino una molestia más de esta ciudad: como un bache o un semáforo en rojo.

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Estas manifestaciones nunca están a cuadro, pero la película arroja las suficientes pistas para entender que esto no es nuevo, que el descontento lleva tiempo, y que las cosas cada vez son más violentas.

La cámara del fotógrafo de cabecera de Franco, Yves Cape, prefiere seguir mostrando a esta clase alta: los invitados a la boda entregan como regalo a los novios sendos sobres llenos de dinero en efectivo (como esos que usa Pío, por cierto) quienes los reciben sin mucha ceremonia, como algo normal.

La fiesta sigue su curso y se ve interrumpida por un ex empleado de la casa que llega a pedir ayuda económica: su esposa está muy enferma y necesita $200 mil pesos para poderla operar. De mala gana los dueños de la casa y la mamá de la novia le juntan “el cambio” que traen en la bolsa, apenas unos tristes $35,000 pesos, que no le son suficientes al humilde ex empleado.

Aquí surge un personaje que destaca sobre los demás, la novia, interpretada por la extraordinaria Naian Norvind (estupenda en Leona, 2018, y gran debut en Todo el mundo tiene a alguien menos yo, 2012) quien demuestra empatía y hasta cariño por el hombre que, siempre respetuoso pero sin perder dignidad, necesita ayuda. La mujer busca darle algo del dinero recibido en sobres, pero tiene que “pedir permiso” a su futuro marido y a su padre. El machismo de esta clase social queda claro con esa secuencia.

La cosa se pone peor cuando, de la nada, un grupo de manifestantes, todos de tez morena, sucios, con cara de pocos amigos y con tremendos pistolones, irrumpe a la residencia. La cámara los muestra, cierto, como zombies, pero prefiere dejarlos fuera de cuadro. Lo que sí vemos son las caras de terror de los invitados a la fiesta. Comienzan los disparos y los invasores tiran a matar.

Esta es la escena que más escozor provoca, y con razón. La manifestación se muestra violenta e irracional. Ni siquiera es una protesta, es un bandidaje de personas que claramente están hartas y que sólo buscan arrebatar y destruir todo. Si la película terminara aquí, estaríamos frente a una banal descripción de la protesta social.

Pero la película sigue, y de hecho, Franco triunfa con este primer tercio en términos de narrativa, mostrando este universo en secuencias que enganchan y provocan tensión. Cierto, lo hace a partir de su herramienta favorita, el shock value, pero al menos aquí la historia lo justifica: estamos en una situación límite.

 

IV

La caída de Luois Vuitton

La película avanza y el director (a cuentagotas) nos da más pistas de lo que sucede. En la radio se escucha que el ejército aparece pero no reprime a los manifestantes, más bien se dedica a parcelar la ciudad, suponemos que para evitar el encontronazo entre las dos partes.

Franco muestra dos imágenes que serían las más icónicas de la cinta: el Louis Vuitton de Masarik destruido así como el paseo de la Reforma, en iguales condiciones. De nuevo, las imágenes se prestan a muchas interpretaciones: ¿es acaso esta pesadilla burguesa de ver mancillado uno de los palacios más queridos de la clase alta mexicana (me refiero al Louis Vuitton, claro)?, ¿acaso se está sumando a las voces que condenan las marchas feministas y que critican las pintas al Ángel de la Independencia?

De nuevo, si la película se detiene ahí, probablemente esa lectura sería correcta, pero la cinta sigue.

Por circunstancias que no explicaré, el personaje de Naian es secuestrada por los propios militares, y llevada a una especie de campo de concentración donde la marcan en la frente, la filman para pedir rescate y la violan. Aquí estamos ya en terrenos del Michel Franco clásico, shock value a tope en secuencias que se sienten gratuitas.

Pero la película entonces ya no está asignando la peor parte a unos manifestantes “zombies”, sino que vemos a un ejército corrupto, en control de las calles, sometiendo a la población a un toque de queda y (de manera vedada) secuestrando civiles (ricos) para pedir rescate.

El mapa se va clarificando. Estamos ante un país sumamente dividido donde por un lado están los manifestantes, hartos de tanta desigualdad, que entran a las casas para robar y matar, tenemos a otra parte de la sociedad que trata de no involucrarse en las manifestaciones pero que aún así es vejada por los militares y el toque de queda. También está el sector acomodado que es empático con los desposeídos (el personaje de Naian), y están los militares (el gobierno) en su propia burbuja.

 

V

La división

Esta cinta no es racista o clasista, esta película no es una pesadilla burguesa para asustar a la clase alta y que repudie (más) a los pobres y los quejosos, esta es una película que muestra que la división (política, económica, social) no terminará en nada bueno para nadie.

Nadie en esta película sale ganando, si acaso (y por su posición privilegiada) los que menos pierden siguen siendo los ricos, pero al final nadie se salva.

Se trata de una distopía llevada al extremo, y hasta ahí el recurso es válido siempre y cuando derive en una conclusión que respete sus propias reglas. Nuevo Orden lo hace: plantea una situación límite para mostrar que la división (entre fifís y pueblo bueno, entre liberales y conservadores, entre aliados y adversarios) nos terminará matando a todos.

Empero, lo hace no sin cometer graves errores.

 

VI

El error imperdonable

Es imposible entender Nuevo Orden sin el contexto actual del país. Claramente Michel Franco comete al menos un error imperdonable: el uso del color verde como símbolo de esta vorágine que todo lo destruye, y la referencia a la frase “Ni una más”, lema fundamental de la lucha feminista.

Franco peca de insensibilidad y franca estupidez al retomar estos dos símbolos para mostrarlos como bandera de un movimiento claramente destructivo e irracional. El director no se da cuenta del mensaje que envía, y en ese sentido es válido el reclamo que apunta que la cinta está satanizando la protesta feminista.

 

VII

Discurso polarizante

Michel Franco es un director de una sola nota. Un hombre que ha hecho del shock value un estilo y que no puede sino llevar sus historias a lugares límite. En su cinta anterior –Las Hijas de Abril (2017)– parecía que se alejaba de esa muletilla, pero con Nuevo Orden regresa (y con creces) a ese estilo muy personal de hacer cine.

Repetidas veces ganador en Cannes y Venecia, Franco no es un director que guste de los diálogos de exposición, no es un director que le guste llevar de la mano a su audiencia ni tampoco suele terminar con una nota alta sus películas, lo suyo es el abandono de la historia al momento que ya no tiene más jugo que sacarle.

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Desgraciadamente estamos de vuelta a esos excesos. Nuevo Orden una cinta cuyo pecado es, en todo caso, no ahondar de manera más eficiente en los dos grandes temas que plantea: la división de México (en clases sociales, en posturas políticas, en blanco y negro, en fifís y pueblo bueno) y la peligrosa oportunidad que esto plantea para fuerzas que quieran sacar provecho de esta división, como lo es la peligrosa militarización del país.

Nuevo Orden no es un reflejo de la realidad actual y tampoco trata de adivinar el futuro, intenta, eso sí, poner en la mesa un tema, pero los excesos de Franco, sus errores imperdonables, su abandono abrupto, hacen que los puntos en los que el diagnóstico es atinado, se diluyen. Peor aún cuando el público sigue en un proceso de “auto parcelamiento” donde sólo le interesa ver lo que se quiere ver.

Tan atinado es el diagnóstico de Nuevo Orden que un tráiler y un filme provocan tal división radical de opiniones. Imaginen lo que no provocará el machacante discurso de división que nos recetan todas las mañanas disfrazado de conferencia matutina.

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