Joker y el final que nadie entendió, explicado

Lulú Petite fue a ver Joker y ¡nos explica el final que nadie entendió!

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No me gustan mucho las películas de superhéroes, sin embargo (como fue en el caso de Joker) las veo. Conforme se fueron estrenando vi todas las películas del “Marvel Cinematic Universe” MCU, la zaga en Fox de los mutantes, las películas de Sony de Spider-Man y, claro, las de Warner de DC, en las buenas, en las malas y en las peores.

Aún así no acaban de enamorarme. Las disfruto como entretenimiento, como despliegue visual. Tal cual lo dijo Martin Scorsese, como un parque de diversiones.

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Estoy segura que dentro de no tantos años, quienes hoy llenan los pupitres de secundarias y preparatorias, tomarán el volante del mundo y habrá cientos de personas que escribirán sesudas disertaciones de cómo el cine de superhéroes y la grandilocuencia del universo Marvel cambiaron la forma de ver y hacer cine, cómo convirtieron un producto intrascendente y para niños de unos pocos centavos por ejemplar, en uno de los negocios más rentables del planeta.

Nacidos el mismo año

Mientras eso sucede, lo que hoy me queda claro es que en 2008 estrenaron The Dark Knight y Iron Man. Dos piedras angulares en el cine basado en cómics.

La primera, porque se convirtió en un referente sobre cómo personajes de la “mitología” del Comic-Con podían ser profundamente cinematográficos y complejos, hurgando en acciones y reacciones de la condición humana, especialmente, a través del Joker en la piel de un brillante Heath Ledger.

La segunda, porque fue un experimento, el primer eslabón de lo que sería un universo cinematográfico a cargo de un Robert Downey Jr. Estupendo actor, con indiscutible carisma. Si funcionaba (y funcionó), daría vida a algo gigantesco.

Después de once años de MCU, miles de millones de dólares, elencos multiestelares, todos los efectos especiales posibles, más verde en sus pantallas de CGI que en la selva del Amazonas, el derroche en todos los sentidos y un negocio multimillonario, después del fracaso estrepitoso del intento de Universo Cinematográfico de DC, vuelve el comic del murciélago a poner el referente y, de nuevo, sobre la espalda del rey payaso.

La simpleza de construir la historia enfocándote más en lo complejo del problema humano (la ciudad, la hostilidad, la gente, la locura), frente a la necedad de trabajar sobre los súper poderes, los efectos y la grandilocuencia de villanos interestelares.

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Joker contra el gigante púrpura

En Joker, un loco, marginado y frágil, con poco maquillaje y ningún objetivo ni «plan malevolo», es más brutal y «cinematográfico» (aunque se enojen los que ahora odian a Scorsese) que un gigante púrpura chasqueando el guante de Michael Jackson con esteroides.

Aclaro: No digo que Endgame sea mala. Es espectacular y es un cierre del tamaño que una epopeya como la construida en tantas películas merecía. Es una montaña rusa que, sin embargo, no explora ni superficialmente problemas reales. En la carga de adrenalina se toma licencias narrativas más allá, incluso, del sentido común pero ¿Qué importa? Fuimos a divertirnos, no a entender cómo funciona la relación tiempo y espacio, ni a pensar en paradojas. Así cierra un evento de ese tamaño, con una película grande y divertida.

Joker, en cambio, parece una película elaborada con herramientas del cine convencional. Si existe CGI no es evidente ni parece indispensable. La historia descansa sobre los hombros de un solo personaje jodido, loco, marginado, no sólo sin poderes, sino débil y patético, en el que va despertando uno de los villanos más famosos del mundo, que cae al centro de una ciudad rota poblada por una sociedad resentida.

Referencias, guiños, easter eggs y homenajes evidentes, conviven con una actuación impresionante de Joaquin Phoenix en la que, probablemente, sea su mejor actuación hasta la fecha.

 

Ah sí. El final que nadie entendió: Dice “The End”, significa “Fin” (Si asumes desde tu burbuja burguesa que todos deben saber inglés, quien está mal eres tú).