“¿Hay algo que este chico no haga bien?” fue lo primero que pensé al ver a Ryan Gosling interpretar a Ryland Grace en Project Hail Mary, un profesor de ciencias que, sin buscarlo ni desearlo, termina convirtiéndose en la última esperanza para salvar a la humanidad.
Desde el primer minuto, Proyecto Fin del Mundo (como tuvieron a bien ponerle en español), dirigida por Phil Lord y Christopher Miller, deja clara la naturaleza del viaje que espera al público: una aventura galáctica que mezcla suspenso, emoción y humor con una naturalidad sorprendente.
La odisea arranca cuando Grace despierta en una nave espacial, completamente desorientado, sin saber cómo llegó ahí. Su desorientación se convierte también en la del espectador, creando un deseo compartido por entender qué está pasando, cuál es la misión y qué sigue. Ese es uno de los grandes aciertos de la película.
De principio a fin, Gosling logra que Grace se sienta brillante y, al mismo tiempo, profundamente humano. No es el típico genio inalcanzable, sino alguien cercano, humilde e incluso torpe por momentos, lo que permite a la audiencia conectar con él de inmediato.
Este no es el primer proyecto de Ryan Gosling ambientado en el espacio. En 2018 protagonizó First Man, una entrega que retrata la preparación de la misión Apolo 11 a la Luna en 1969, donde personificó a Neil Armstrong, contraste interesante con su papel en esta cinta.

El carácter liviano del Dr. Grace se equilibra muy bien con las intervenciones de Sandra Hüller, quien interpreta a Eva Stratt. Su tono más sobrio ancla emocionalmente varios momentos de la narrativa sin perder la ligereza, un amplio rango actoral que Hüller ya había demostrado en proyectos anteriores como Anatomía de una caída, papel que le valió una nominación al Óscar como mejor actriz.
Es difícil elegir un favorito en esta ficción, pero si tuviera que hacerlo, me quedaría con Rocky, un alienígena del sistema estelar 40 Eridani cuyo planeta se ve afectado por la misma catástrofe biológica que amenaza a la Tierra. En ese sentido, el trabajo de James Ortiz como titiritero, así como su representación vocal de Rocky, es clave. Consigue darle una personalidad clara, curiosa, leal y optimista que hace que nunca se sienta como un simple efecto visual, sino como un personaje vivo.
Amistad en el espacio
La trama se enriquece cuando humano y eridiano se encuentran y se enfrentan a un reto adicional a la gran tarea que los llevó al espacio. Ahora deben encontrar la manera de entenderse, ya que los eridianos se expresan mediante notas musicales.
Es precisamente en ese esfuerzo de comunicación donde se sientan las bases de lo que sigue, la evolución del vínculo entre estos personajes y la forma en que sus habilidades se complementan mientras intentan salvar sus mundos.
Porque más allá del espectáculo visual o la premisa científica, lo que realmente importa aquí es la relación entre ellos dos, su amistad, improbable y completamente entrañable, es sin exagerar el corazón de la historia.

Quizá por eso, aunque estamos ante un filme de ciencia ficción, nunca se siente ajeno. Porque en el fondo no trata solo de un proyecto épico para salvar a la raza humana, sino de algo mucho más simple y mucho más importante: la conexión.
Sí, hay espacio, ciencia y una amenaza global. Pero también hay empatía, colaboración y amistad entre seres que, en teoría, no tendrían nada en común. Es una película que puede disfrutar toda la familia, con un balance muy bien logrado entre emoción, humor y tensión.

Un viaje en pantalla grande
Todo esto está envuelto en una producción que funciona con precisión. El guion atrapa y no suelta, apoyado por una dirección de fotografía muy cuidada de Greig Fraser (Dune) y una banda sonora que acompaña sin invadir, compuesta por Daniel Pemberton, quien ya había trabajado junto con los directores en la franquicia de Spider-Man: Into the Spider-Verse. A esto se suma un diseño visual cohesivo, característico del dúo Lord-Miller. Nada desentona.
En lo personal, no pude evitar pensar en Interstellar, de Christopher Nolan. No porque sean iguales, sino porque ambas comparten esa premisa de científicos enfrentándose a algo mucho más grande que ellos mismos. La diferencia es que Project Hail Mary se siente más ligera y accesible, mientras mantiene su carga emocional.
No es una más en el género de ciencia ficción en el espacio, es una historia original, entretenida y profundamente disfrutable, que vale muchísimo la pena ver en el cine. Si tienes la oportunidad de hacerlo en IMAX, mejor todavía. Es de esos largometrajes verdaderamente hechos para vivirse en pantalla grande.
Yo, al menos, sé que iré a verla de nuevo.