La premisa de Project Hail Mary es una de esas ideas deliciosamente grandes de la ciencia ficción: el Sol —y varias estrellas cercanas— está muriendo. Algo misterioso está consumiendo su energía y, si nadie hace nada, la Tierra entrará en una catástrofe climática irreversible. La única esperanza es una misión desesperada enviada al espacio profundo. Cuando la película empieza, Ryland Grace despierta solo en una nave espacial, sin recordar quién es ni por qué está ahí. Poco a poco, conforme recupera la memoria, entiende que él podría ser la última oportunidad de la humanidad. Y lo que sigue no es tanto una historia de heroísmo épico… sino de ciencia, curiosidad y descubrimiento.
Lo primero que tengo que decir: el casting es perfecto. Ryan Gosling como Ryland Grace funciona de manera casi irritantemente bien. Tiene ese balance raro entre torpeza, humor seco y ternura que el personaje necesita. Grace no es el típico héroe espacial: es un científico medio improvisado, medio confundido, que está tratando de entender qué demonios está pasando mientras literalmente flota en medio del espacio. Gosling lo interpreta con una naturalidad que hace que cada momento de pánico, descubrimiento o entusiasmo se sienta genuino.
Y Sandra Hüller —porque sí, es Sandra Hüller— también está increíblemente bien casteada. Tiene esa presencia que mezcla inteligencia, autoridad y un leve aire de “no tengo tiempo para tus tonterías” que el personaje requiere. Es exactamente como la imaginaba leyendo el libro.
Visualmente, la película es una maravilla. Pero no en el sentido de ciencia ficción ruidosa llena de explosiones. Lo que hace muy bien es mostrar el proceso mental de Grace mientras intenta entender el espacio sideral. El descubrimiento se vuelve espectáculo: ecuaciones, simulaciones, experimentos improvisados, hipótesis que se prueban y se descartan. La ciencia no aparece como algo frío, sino como una aventura intelectual. Hay algo profundamente satisfactorio en ver cómo una persona intenta descifrar el universo pieza por pieza.
Y aquí es donde la adaptación realmente funciona: captura la esencia del libro. Project Hail Mary siempre fue una historia sorprendentemente relajada para tratarse de la posible extinción del planeta. El tono nunca es solemne ni grandilocuente. Al contrario, está lleno de humor, curiosidad y ese tipo de optimismo nerd que hace que el personaje de Grace sea tan entretenido. La película logra trasladar esa energía. No intenta convertir la historia en algo más oscuro o “prestigioso”. Entiende que parte del encanto es que el protagonista es básicamente un profesor de ciencias emocionado resolviendo problemas imposibles.

Otra cosa que agradecí mucho: la ciencia es complicada, sí, pero nunca se vuelve inaccesible. Hay física, biología, astronomía… pero todo está explicado de manera lo suficientemente clara como para que puedas seguir la lógica sin sentir que estás viendo una clase avanzada del MIT. Es ciencia ficción dura, pero con vocación pedagógica.
Y luego están los guiños al gran cine de ciencia ficción. Hay momentos —pequeños, sutiles— que remiten a películas que definieron el género. Instantes donde la película parece decir: sabemos de dónde venimos. Y para alguien que ama el género, esos guiños son de piel chinita.
Al final, Project Hail Mary se siente como una carta de amor a la ciencia, a la curiosidad humana y a esa idea profundamente optimista de que, frente a lo desconocido, lo mejor que podemos hacer es tratar de entender.
Y quizá por eso funciona tan bien: porque en medio del vacío infinito del espacio, lo que termina salvando el día no es la épica… sino la inteligencia, la amistad y un poco de sentido del humor.