Digger: Iñárritu siendo Iñárritu, incluso en el fin del mundo

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Entré a Digger con una pregunta bastante sencilla: ¿qué chingados está haciendo Iñárritu aquí?

No necesariamente en un mal sentido. Simplemente, una sátira apocalíptica protagonizada por Tom Cruise como un magnate petrolero responsable de una catástrofe ambiental no parecía, en principio, la continuación más evidente de una filmografía que siempre he asociado con historias profundamente humanas y, sobre todo, con padres e hijos. De Amores perros a Babel, Biutiful, Birdman o incluso Bardo, Iñárritu puede cambiar de escala, país o género, pero inevitablemente termina regresando a los mismos vínculos.

Y, de alguna manera, Digger también encuentra el camino de regreso.

La primera parte es probablemente la más abiertamente satírica de la película. Digger Rockwell provoca una catástrofe ambiental en Groenlandia y después, con la arrogancia particular de los hombres que acumulan suficiente dinero y poder como para convencerse de que también pueden controlar la realidad, decide que él mismo puede salvar al mundo. Es imposible no pensar en Dr. Strangelove: políticos, empresarios y científicos discutiendo el posible fin del mundo con una combinación tan absurda de incompetencia, ego y solemnidad que la tragedia termina convirtiéndose en comedia.

La película juega además con un imaginario político demasiado reconocible: la guerra contra el terrorismo, Irak, Afganistán, la amenaza nuclear y ese lenguaje grandilocuente con el que el poder intenta convertir decisiones catastróficas en narrativas heroicas. Digger se burla precisamente de eso: no solamente importa controlar lo que sucede, sino controlar la historia que contamos sobre lo que sucedió.

Y entonces Iñárritu hace algo mucho más interesante.

Sin entrar en spoilers, la película rompe en cierto momento nuestra relación con lo que estamos viendo. La realidad adquiere otra capa; lo que parecía una cosa se revela también como representación. Ahí Digger deja de ser únicamente una sátira política y comienza a preguntarse qué hacemos con una tragedia después de que ocurre: cómo la recordamos, cómo la representamos y, eventualmente, cómo la convertimos en arte. Esa ruptura me recordó lo fascinante que puede resultar cuando una película nos hace conscientes del artificio sin destruir por completo su verdad.

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Tom Cruise, además, está increíble. Hay algo particularmente divertido en utilizar a una de las últimas grandes estrellas de Hollywood para interpretar a un hombre grotesco, narcisista y desesperado por controlar su propia narrativa. Todo el elenco entiende perfectamente el absurdo y se entrega a él.

Mi problema está precisamente en que no siempre parece que la película sepa cuánto absurdo necesita. El tono oscila entre farsa política, comedia negra, drama familiar y reflexión metacinematográfica, y no todas esas transiciones aterrizan con la misma precisión.

Pero quizá lo más interesante de Digger sea descubrir que, debajo de todo ese ruido —el petróleo, el poder, la guerra y literalmente el posible fin del mundo—, Iñárritu vuelve a terminar hablando de algo muchísimo más pequeño: una familia intentando entenderse.

Al final, Iñárritu sigue siendo Iñárritu. Sólo que esta vez llegó ahí haciendo una película completamente desquiciada.