Al ver la más reciente entrega de Ghostface, recordé aquella icónica escena donde Marty McFly se entera, cuando casi es devorado por un holograma de tiburón, que Jaws lleva 19 secuelas. Lo que entonces fue una broma mordaz acerca de la sobreexplotación de una idea en Hollywood, ahora es una realidad con Scream 7 (2026).
Neve Campbell vuelve como Sidney Prescott, quien esta vez tendrá que enfrentarse a dos de las mayores amenazas en toda la saga: su hija adolescente y la Inteligencia Artificial. ¡Ah!, y claro, de nuevo hay un asesino suelto y un puñado de sospechosos. La franquicia, que en algún momento innovó siendo autorreferencial, burlándose de los clichés del subgénero slasher, hoy se ha convertido, lenta y dolorosamemte, en una más del montón.
El mayor problema de esta película no es el estirado y masticado chicle que resulta su ya conocida fórmula, sino un evidente potencial desperdiciado. Durante mi proyección el público pasó de emocionarse con la entrada de Courteney Cox como Gale Weathers, a decepcionarse con la revelación final sobre quién se esconde tras la máscara. En su primera cinta desde 1999, el director Kevin Williamson no propone nada interesante y se limita a secuencias estáticas o con movimientos leves; increíble la nula pasión que muestra su trabajo detrás de la cámara al considerar que hablamos del escritor original de Scream.
Mucho grito, poca pasión
¿Y qué decir de los nuevos personajes? Isabel May es Tatum, la insufrible hija de nuestra protagonista; Mckenna Grace es desaprovechada en el papel de Hannah, la chica popular con la muerte peor coreografiada del filme; Joel McHale funge como Mark, esposo de Sidney, sheriff del pueblo y reemplazo de Patrick Dempsey, quien en un inicio tendría dicho rol. El resto del elenco lo componen Asa Germann (Gen V), Celeste O’Connor (Ghostbusters), Anna Camp (Pitch Perfect) y como seis nombres más que pocos reconocerán…
¡Son demasiados! Y por lo mismo no hay tiempo suficiente para desarrollarlos o crear conexiones genuinas que hagan que nos importen. De entrada sabemos que la mayoría están ahí para ser sacrificados de forma violenta y a menudo muy sangrienta (qué tal empalar la cabeza de alguien con un dispensador de cerveza), pero imaginemos cuan más poderosas serían las reacciones si tan sólo se hubiera realizado el mínimo esfuerzo para conseguir encariñarnos con ellos. Caso contrario el de los gemelos Meeks-Martin, interpretados por Jasmin Savoy Brown y Mason Gooding, remanentes de las dos últimas entregas tras la polémica con Melissa Barrera, quienes como reporteros aprendices de Weathers, aportan breves descargas de vida y comedia a un guion carente de ambas.
Sin profundidad
Aunque en apariencia Scream 7 regresa a lo básico, tarda en arrancar al complicarse de más con diferentes temas que nunca se exploran a profundidad: la creciente obsesión de la sociedad por los true crimes, el aterrador papel que juega la Inteligencia Artificial en nuestras vidas o la sobreprotección que algunos padres ejercen en sus hijos, volviéndolos vulnerables al mundo real. Todos conceptos dignos de un filme individual, pero que aquí son reducidos a simples comentarios vacíos o se pierden en explicaciones rebuscadas mientras esperamos la siguiente escena gratuita de gore (otro apartado en el que la cinta se percibe floja y sin nada nuevo que aportar).
Las secuencias de acción y suspenso como las que ocurren en casa de Sidney, el asesinato inicial de la pareja en la residencia Stu Macher o el enfrentamiento de Tatum en la cafetería están bien manejadas, tal vez un par exagerando su duración, pero en general el uso de la iconografía de Ghostface, sobre todo cuando lo vemos aparecer de entre las sombras o materializarse detrás de ciertos personajes, logra mantener esa presencia macabra que posiblemente perdió durante años, cortesía de la franquicia cómica Scary Movie.
Juegos de nostalgia
Apostándole a la nostalgia, con un tono más serio y sacando casi siete millones de la cartera para traer de regreso a Neve Campbell, Scream 7 se siente como un desesperado intento por corregir el rumbo de la saga. Al levantarme de la butaca escuché a una persona en la sala comentar con desdén que la película “está palomera”; quizá para varios eso sea suficiente, para mí no lo fue. A estas alturas resulta obvio el desgaste creativo, convirtiendo el trauma de Sidney Prescott en algo risible y despojando a la trama del metacine que en la época de los 90’s Wes Craven popularizo. El eslogan original del filme dice: “Quémalo todo”. Si se continúa por el mismo camino, no se me ocurre una mejor forma de resolver esto.
