No Other Choice: la fábula cruel de Park Chan-wook

Hay frases que solo entienden quienes han estado ahí. Man-su, el protagonista de No Other Choice (Corea, 2025), las repite como un mantra, “La única opción”. No suenan exageradas ni dramáticas. Suenan conocidas. Demasiado conocidas.

Quienes hemos estado sin trabajo sabemos lo que esconden esas palabras. El cansancio de seguir buscando. La sensación de que insistir ya no tiene sentido. La idea incómoda de que el trabajo no es solo ingreso, sino pertenencia. Que sin él uno empieza a desaparecer lentamente del mundo.

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En No Other Choice, Park Chan-wook (Oldboy, Sympathy for Mr. Vengeance, The Handmaiden) no construye una historia sobre desempleo. Construye una fábula cruel sobre qué ocurre cuando ese último lazo con la sociedad se rompe. Man-su pierde su empleo y con él pierde el lenguaje con el que se relacionaba con la otredad. Lo que sigue no es una búsqueda racional, sino una deriva. Un sistema que convierte la supervivencia en competencia directa, donde conservar un lugar implica eliminar a otro.

La película se mueve entre el absurdo y la angustia. Por momentos, las situaciones se vuelven dolorosamente cómicas. No porque alivien la tensión, sino porque exhiben lo ridículo y lo cruel del mecanismo. Los sonidos de los insectos invaden las escenas como recordatorio constante de algo primitivo, de una lucha que no tiene nada de moderna. Las sesiones grupales donde los desempleados se repiten que son valiosos, que el trabajo llegará y que no deben rendirse, funcionan como rituales de contención. Personas tocándose la cabeza una y otra vez para no quebrarse, para convencerse de que todavía pertenecen a algo.

La violencia no aparece como estallido, sino como consecuencia lógica. La pelea por una pistola entre tres personajes no es un clímax. Es una síntesis, la imagen de lo que sucede cuando el sistema reduce todas las opciones a una sola.

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Lee Byung-hun (I Saw the Devil, A Bittersweet Life) construye un personaje contenido, cada vez más erosionado. Park Chan-wook filma con una precisión inquietante. Cada encuadre parece diseñado para incomodar. No hay alivio visual ni espacio para la épica. Solo imágenes que pesan y que se quedan.

Por eso las escenas finales duelen tanto. Cuando ya no hay trabajadores, cuando ya no hay competencia, cuando solo queda él. No es una advertencia sobre la tecnología, es una advertencia sobre la lógica. Sobre un mundo en el que el valor de una persona se mide por su función y donde perderla equivale a quedar fuera de todo.

No Other Choice no ofrece consuelo. Ofrece reconocimiento. Ese momento en el que uno se da cuenta de que no está exagerando, de que ese miedo, esa rabia y esa tristeza no son individuales. Son estructurales.

La única opción no es una frase extrema. Es la forma más honesta de describir cómo se siente quedarse sin lugar.